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DEJAR DE FORMAR HIJOS PARÁSITOS, UN ACTO DE CONSTANCIA




Cuando estamos enfocados en la tarea de ser padres, o somos partícipes en la formación de un niño, hay un sinfín de posibilidades que queremos para esta personita, vemos un mar de oportunidades con potencial para favorecer su futuro. Sin embargo, ese es el momento justo, donde además de disponerse a ser un gran padre, madre o formador; también es preciso hacer ejercicios de objetividad que nos permitan identificar cuando la sobreprotección está por llevarnos al camino, donde la solución siempre se obtiene de alguien más.

En mi joven carrera de madre, me he tropezado con tantos errores y aciertos, pues como padres somos duros con nosotros mismos. A menudo, nos topamos con dudas de dónde debemos pisar para dar el siguiente paso hacia una mejor formación de nuestros niños; sobre todo cuando alguna conducta ya está tornándose en una alerta; es aquí donde hay que poner el freno de mano para darnos a la tarea de examinar con honestidad, sin juzgarnos, revisar con ojos muy abiertos estos puntos que suelen ser los que traen consecuencias en cadena:

  • A pesar de cualquier miedo, dolor o duda que se tenga, a los niños y adolescentes hay que dejarlos fracasar, hay que permitirles equivocarse. A los papás nos toca estar alerta para guiar desde la última grada el que se levanten, se sacudan y lo vuelvan a intentar. Es bueno acompañar, pero no solucionar; es bueno escuchar, pero no pelear las batallas que a los hijos les toca sortear. La escuela de la vida es la que enseña a ser líderes más empáticos, verdaderos negociadores e, incluso, luchadores incansables de metas y objetivos.

  • Favorecer el crecimiento personal, emocional y estructural a través de confianza, responsabilidad y consecuencias, es como nuestros niños se dotarán de mayores elementos para la toma de decisiones importantes que sumen a su vida. El querer que nada le pase y por ello llenar su camino con burbujas de jabón, es restar su capacidad. Recordemos que las burbujas se rompen, explotan con un mínimo roce, lo real sigue ahí; es necesario que sepan lo que puede pasar, o mejor aún, que crucen los caminos bien librados.

  • Darnos cuenta de que estamos premiando sin ser un logro como tal, sólo porque hizo una tarea ordinaria que debiera ser parte de su rutina y no de un motivo por el cual aplaudir, es una forma de retomar la también conocida Meritocracia. Favorecer lo que realmente exige el esfuerzo de nuestros niños, esto es lo que se premia.


Hay focos rojos en las actitudes de nuestros hijos, es labor del día a día no pasarlas de largo, ni disfrazarlas de berrinches pasajeros o temas de la edad. Muchos regalos, exceso de atención, así como ser “solucionador” no es lo que nuestros niños necesitan en esta actualidad. Prendamos las antenas y el sexto sentido cuando identifiquemos rasgos de alta dependencia (no hacen deberes simples si no estás), actos narcisistas (exigen suma atención, falta de empatía con el rededor, sólo ellos importan), demandan admiración por actos comunes.

Pareciera fácil frenar estas condiciones, pero la realidad es que es un entrenamiento que se hace con uno mismo y se permea hacia los niños, exige constancia y determinación, es decir, como se dice coloquialmente, hacer de tripas corazón.


Fomentar estas conductas generan adultos carentes de carácter, independencia y responsabilidad; mejor conocidos como hijos parásitos.

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